?> Equipo Antesala - Antesala https://antesala.cl Periodismo de Análisis Thu, 04 Sep 2025 19:28:21 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.8.10 https://antesala.cl/wp-content/uploads/2025/05/cropped-Sin-titulo-1-32x32.png Equipo Antesala - Antesala https://antesala.cl 32 32 Tomar en serio el miedo https://antesala.cl/tomar-en-serio-el-miedo/ https://antesala.cl/tomar-en-serio-el-miedo/#respond Thu, 04 Sep 2025 19:28:20 +0000 https://antesala.cl/?p=2242 Columna de opinión de Francisco Ignacio Castillo C., Historiador, Lic. En Historia y Mag. en Historia. Cuando se aproximan los procesos electorales, las emociones comienzan a salir a flote. Los candidatos las movilizan e instrumentalizan. La ciudadanía hace públicas sus quejas, muchas de las cuales buscan subsanar dilemas que tienen un componente emocional. El miedo […]

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Columna de opinión de Francisco Ignacio Castillo C., Historiador, Lic. En Historia y Mag. en Historia.

Cuando se aproximan los procesos electorales, las emociones comienzan a salir a flote. Los candidatos las movilizan e instrumentalizan. La ciudadanía hace públicas sus quejas, muchas de las cuales buscan subsanar dilemas que tienen un componente emocional. El miedo a la delincuencia y el temor a la incertidumbre económica ya son asuntos recurrentes en los últimos 10 o 15 años.

Desde las izquierdas suele subestimarse estas expresiones emocionales. Se excusan en diversas justificaciones: que el miedo en realidad no es real y que la derecha lo está instigando (lo que parcialmente es cierto, pero no abarca la complejidad total del fenómeno). Sin embargo, si miramos de cerca la historia de Chile, y si algo podemos aprender de ella, veremos que en realidad el vínculo entre política y emociones es de larga duración. Los ejemplos abundan: las campañas electorales basadas en la movilización del miedo a través de la propaganda política, como la de 1920 (contra Arturo Alessandri, por supuesto
caudillo de la plebe) o las de 1964 y 1970 (ambas contra Salvador Allende, por representar una amenaza a los intereses de la clase alta), así como el uso del miedo como método de disciplinamiento social y político durante la dictadura de Pinochet, representan el epítome de esta relación.

Adherentes de Pinochet celebran triunfo del candidato presidencial Sebastián Piñera, 2017. Edición de foto: Mauricio Casanova

Esta constatación debería llevarnos a reflexionar desde las izquierdas. ¿Es tan superfluo el miedo como se dice que es? ¿No corremos el riesgo de subestimar el malestar de la ciudadanía al desestimar sus experiencias y vivencias? Y como producto de aquello ¿acaso no cometemos en un grave error al replegarnos y cederle todo el terreno político-emocional a la instrumentalización de las derechas? Por eso, sólo cuando seamos capaces de reconocer el valor que tienen las emociones en la política, su influencia y su rol (que lo tienen, aunque muchos quisieran que no), sólo entonces se podrá enfrentar realmente el problema.

Aunque estos miedos, temores y hastíos estén o no justificados, tengan o no tengan fundamentos, de igual manera existen, y, por tanto, influyen y afectan. Desestimarlos y descartarlos por constituir expresión de un velo ideológico -por constituir una supuesta falsa conciencia, en términos de los marxistas clásicos- no contribuye en nada si lo que deseamos es construir un proyecto político que dispute el consenso capitalista y la más que nunca vigente hegemonía del programa social y cultural de las derechas.

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ARTÉS & ME-O: CANDIDATURAS DE IZQUIERDA SIN VOCACIÓN DE MAYORÍA https://antesala.cl/artes-me-o-candidaturas-de-izquierda-sin-vocacion-de-mayoria/ https://antesala.cl/artes-me-o-candidaturas-de-izquierda-sin-vocacion-de-mayoria/#respond Wed, 20 Aug 2025 20:37:42 +0000 https://antesala.cl/?p=2228 Columna de opinión de Jesús Vidal, Administrador Público, Lic. en Ciencias Políticas y Administración Pública. En cada elección presidencial chilena aparecen figuras que, si bien se sitúan en la izquierda del espectro político, no tienen ninguna vocación de mayoría. Eduardo Artés y Marco Enríquez-Ominami son ejemplos elocuentes de candidaturas que más que disputar el poder […]

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Columna de opinión de Jesús Vidal, Administrador Público, Lic. en Ciencias Políticas y Administración Pública.

En cada elección presidencial chilena aparecen figuras que, si bien se sitúan en la izquierda del espectro político, no tienen ninguna vocación de mayoría. Eduardo Artés y Marco Enríquez-Ominami son ejemplos elocuentes de candidaturas que más que disputar el poder real, compiten por una cuota simbólica, testimonial, o incluso personal. Lejos de articular alianzas o insertarse en proyectos colectivos, sus campañas giran en torno a su figura, a su ego político, y no a la construcción de una alternativa viable. Son candidatos sin coalición, sin base social orgánica, sin posibilidad real de conducir un proceso transformador.

Eduardo Artés representa una izquierda fosilizada, anclada en un discurso revolucionario que ni siquiera las juventudes más radicales del presente parecen tomar en serio. Su proyecto, nostálgico del comunismo ortodoxo, desconectado de las demandas actuales del pueblo chileno, se vuelve irrelevante en el debate público. En las presidenciales de 2017 obtuvo apenas un 0,51% de los votos, y en 2021 subió marginalmente al 1,47%. Resultados que confirman su total desconexión con las mayorías populares y su rol como candidato de nicho, cuyo objetivo no es ganar, sino simplemente estar.

Marco Enríquez-Ominami, por otro lado, ha hecho de su candidatura presidencial una franquicia personal. Desde 2009 ha postulado en cuatro elecciones consecutivas. En su debut obtuvo un sorprendente 20,14%, pero lejos de capitalizar ese impulso, su apoyo fue en declive: 10,98% en 2013, 5,71% en 2017 y un irrelevante 7,61% en 2021. Sin partido real, sin militancia activa y sin otra narrativa que la de su propia biografía, ME-O se ha convertido en un candidato en busca de cámara, más preocupado por estar en la papeleta que por construir una alternativa creíble para gobernar.

Ambos comparten una lógica: sus candidaturas no están pensadas para gobernar, sino para existir. Son proyectos que se sostienen más en la voluntad de sus líderes que en un proceso colectivo de construcción política. Ni Artés ni ME-O representan un frente amplio de izquierda, ni un horizonte común para las luchas sociales. Son iniciativas unipersonales que dividen más que sumar, y cuya persistencia revela una cultura política centrada en el protagonismo individual antes que en la articulación de mayorías transformadoras.

El problema no es solo su falta de votos, sino su falta de estrategia. En un momento donde la izquierda chilena enfrenta desafíos enormes y necesita unidad, propuestas programáticas sólidas y vocación de mayoría, candidaturas como la de Artés y ME-O operan como obstáculos simbólicos. No construyen, no convocan, no disputan hegemonía. Son candidaturas que funcionan como pequeñas pymes electorales, donde lo importante es participar, no transformar. Y mientras eso siga ocurriendo un sector de la izquierda seguirá más preocupado de la performance personal que de la posibilidad real de gobernar.

¿Qué es de un «izquierdista» si no llega a la clase trabajadora? Edición foto: Mauricio Casanova

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